El folklore chino ha sido enriquecido por siglos y siglos de producción cultural: relatos, canciones, imágenes y rituales. En sus orígenes, como otras sociedades lo hicieron, los habitantes de lo que hoy en día es la República Popular China inventaron mitologías e historias para explicar los fenómenos del mundo. De esa manera, leyendas, fábulas y mitos sobre dioses celestiales, animales mágicos y espíritus se fueron generando para luego ser transmitidos de generación en generación.

El texto Cuentos extraños de un estudio chino (聊斋志异), también conocido como Cuentos de Liao Zhai, fue producido por Pu Songling. Este narrador, quien nació el 5 de junio de 1640 y falleció el 25 de febrero de 1715, vivió y trabajó durante la dinastía Qing.

El trabajo de Pu Songling fue el de recolectar, escribir y organizar más de 400 cuentos populares y maravillosos de China para incluirlos en una gran obra, la cual fue publicada, según los registros, en 1740.

En Hola China deseamos divulgar la cultura del gigante asiático al público hispanohablante, por lo tanto, presentaremos en varias publicaciones versiones traducidas, adaptadas y resumidas de historias que aparecieron en el texto Pu Songling. Se usa como referencia la versión traducida por Herbert A. Giles que fue publicada en Londres en 1880.

¡Disfruta la historia que traemos hoy!

EL HIJO DEL MERCADER

En la provincia de Hunan vivía un comerciante que intercambiaba productos con clientes en el extranjero y viajaba mucho. Su esposa, que se quedaba sola, soñó una noche que algo estaba en su habitación. Se despertó y examinó nerviosamente el cuarto. “¡Un zorro!”, exclamó cuando vio a la pequeña criatura en un rincón, pero en un pestañear la misma había desaparecido.

A la noche siguiente pidió a la cocinera y a su hijo de diez años que la acompañaran a dormir. Bien entrada la noche, la criada se despertó al sentir que su señora murmuraba en el sueño, como si tuviese una pesadilla, y se dio cuenta de que allí estaba el zorro. La sirvienta gritó para advertir la presencia del animal, pero la misteriosa bestia huyó en un santiamén. Desde ese momento, la esposa del comerciante no volvió a ser la misma.

Pidió a su hijo y la cocinera que durmiesen con ella todas las noches, pero la patrona de la casa no se atrevía a apagar las velas y exigía a sus acompañantes que descansasen con un ojo abierto. En una ocasión, la vieja cocinera y el muchacho tomaron una corta siesta y cuando despertaron descubrieron que la señora ya no estaba en el cuarto. La buscaron por toda la residencia hasta que la hallaron en otra habitación, profundamente dormida.

Las rarezas de la esposa de mercader se hicieron más notables día tras día. De repente, cambió de parecer y no quería la compañía de nadie para dormir. Su hijo, sin embargo, se decidió a que estaría muy atento a ruidos que viniesen del cuarto de su madre para acudir en su auxilio si algo pasase.

Las excentricidades de la señora habían llegado a situaciones inesperadas: bloqueó con madera las ventanas de su cuarto y cubrió con lodo las ranuras de las paredes, de tal forma que en las noches la habitación estuviese en completa oscuridad.

“¡Un ruido!”, dijo el niño de 10 años una noche. Se había preparado con un cuchillo de cocina y velozmente corrió hacia la habitación de su madre, de la cual vio salir huyendo al zorro. Con un golpe preciso, logró herirlo y cortarle la punta de la cola. El intruso consiguió escapar, pero dejó un rastro de sangre que el niño siguió hasta el jardín de una casa vecina, la residencia de la familia Ho.

Al día siguiente, en la tarde, el pequeño se ocultó en los arbustos de la vivienda de la familia Ho. Cuando oscureció, tres hombres aparecieron y se sentaron en unas piedras a conversar. Todo parecía normal hasta que algo estremeció al pequeño: ¡esos tres individuos tenían colas de zorro y uno de ellos presentaba la cola cortada! El niño había confirmado dónde se ocultaba el ser maléfico que acosaba a su madre. Quiso irse a su casa, pero temió llamar la atención y aguardó hasta la mañana. Casi no pudo escuchar lo que conversaban, pero entendió que el jefe de los zorros, el de la cola cortada, ordenó a otro que comprase vino blanco para la próxima reunión.

El joven, al día siguiente, acompañó a su padre al mercado, pero no le contó nada de lo que había visto. Pidió a su padre que le comprara una cola de zorro falsa. Después, al volver a su casa, el niño robó algo de dinero y regresó al mercado para comprar vino blanco. Por último, ya al finalizar la tarde, visitó a una tía a quien le pidió veneno para ratas. Aquella noche, el zorro no visitó la propiedad del mercader y hubo silencio en el cuarto de su esposa. “Debe estar sanando la herida que le hice”, pensó el niño.

Todos los días después de eso, el joven visitó el mercado con la esperanza de encontrar al sirviente de los zorros, hasta que una mañana lo consiguió. Apenas lo vio, se acercó a él.

—Hola, señor, ¿dónde vive usted? —preguntó el niño.

—Vivo en la casa de la familia Ho, cerca de aquí.

—Pues yo vivo en un hoyo en el monte —respondió el niño.

El hombre abrió los ojos con mucha sorpresa.

—Los de nuestra especie podemos mezclarnos con las personas, pero no podemos deshacernos de esto —explicó el niño abriendo su capa para mostrar la cola de zorro falsa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó el zorro sirviente.

—He venido a comprar vino para mi familia, vino blanco, específicamente.

—Yo he venido a buscar eso también, pero somos muy pobres y tendré que robar.

—Un trabajo difícil y peligroso —opinó el pequeño.

El niño explicó al zorro que él tenía dinero de sobra y que estaba dispuesto a ofrecer una botella de vino que cargaba consigo para evitar que el viejo zorro se arriesgase en tal difícil tarea. El zorro agradeció profusamente, sin saber que el vino que había recibido estaba mezclado con veneno de rata. Invitó al niño a conocer a su señor, un zorro que había embrujado a la esposa de un mercader del pueblo. Con esa información, el niño se despidió.

Esa noche, la esposa del mercader durmió profunda y calmadamente. El niño confesó todo a su padre y este le preguntó por qué no le había dicho nada antes. “Los zorros son muy sagaces y habrían descubierto mi plan”, expresó.

Salieron al jardín cuando escucharon un ruido y allí encontraron dos zorros muertos, uno de ellos con la cola cortada. Muy cerca estaba la botella de vino vacía. El orgulloso padre colmó de agradecimientos y felicitaciones a su hijo.

Traducción y adaptación: Víctor Manuel Álvarez Riccio.

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