Una Laowai perdida en un pueblo perdido.

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Por Tatiana Soler

Cuando llegas a China, y sobre todo, a una ciudad como Shanghai, la ciudad te atrapa con su dinamismo y esplendor: nuevos sitios, nuevos amigos,nuevo trabajo, viajes…no tienes tiempo ni para pensar; pero llega un momento, tras varios años en el país de acogida, que te planteas preguntas como: ¿ De verdad estoy aprendiendo la cultura de este país? ¿sé de verdad cómo viven el 70 % de los chinos? ¿Shanghai es un reflejo de la auténtica vida o es sólo la cara maquillada de un país emergente?

Hacía tiempo que venía rondando con estos pensamientos, cuando decidí firmemente vivir de primera mano como viven las familias humildes, aquellas que ganan 700 rmb al mes con suerte, y no quería simplemente andar por las callejuelas de Shanghai viéndolo desde fuera, quería vivirlo desde dentro, formando parte de la familia.

Pero, ¿Cómo hacerlo? Tenía dos opciones: poner un anuncio en internet buscando “familia de acogida”, o lo que bien me han enseñado mis amigos chinos, hacerlo todo a través de mis contactos…y así hice, preguntando a todos los asistentes, empleados, secretarias, chóferes de mis amigos extranjeros, así como a los padres y familiares de mis amigas chinas, hasta que encontré a “mi familia”. La asistente de mi amiga, me acompañó a la estación de buses, me metí en un bus 10 horas convencida de que me dirigía a una población llamada Duchang. Llegué a la 1 am a un cruce de carreteras, me dijeron que me bajase, y ahí estaba para recogerme el hermano de ella. Tras media hora de trayecto por caminos secundarios llegamos a una tienda de un pueblecito muy pequeño. Aquí comienza mi aventura.

Su mujer se encontraba durmiendo en una salita cerca de la tienda que regentaban, así que la despertamos para que me recibiera con un té, como hacen habitualmente, me encendieron un televisor de hace más de 30 años, y lo primero que me pusieron es la CCTV en español, vi claro que me querían hacer sentir como en casa. Hablaban Duchang hua. Me llevaron al segundo piso, justo encima de la tienda, atravesamos el almacén lleno de tracas y fuegos artificiales, y ahí había dos camas de matrimonio, en una dormía, el hijo, de 13 años, y la otra era la del matrimonio, que me la cedían a mi durante 1 mes. Ya al día siguiente, bajé a desayunar, y ahí me encontré a parte del pueblo, que se acercaban a beber té. De hecho me sorprendió que durante mi estancia no vi a nadie tomando Qingdao mientras jugaban al Majong o al Pocker y a sentarse junto a la fogata que hacían “ mis padres”. Allí donde fuereis… pues me senté junto a las viejas del pueblo, a comer cacahuetes y a calentarme las manos (Febrero, 3 grados de temperatura).

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Lo más interesante es ver su rutina, la vida comienza a las 6 de la mañana, cuando tienen que abrir la tienda, ya que muchas madres quieren comprar cosas a sus niños antes de que entren en el cole. Y a partir de ahi trasiego de gente durante todo el día, y más cuando había una invitada en el pueblo, esa era yo. Todo el mundo tenía curiosidad, pero eran muy respetuosos, y como no tienen iphone con los shanghaineses, ¿cómo me iban a preguntar si me puedo hacer una foto? Aquí se tornaron los papeles, era yo la que les harte con tanta foto para inmortalizar ese momento. Me trataron como nadie, me acogieron con una sonrisa desde el primer momento, me encontraba en un pueblo de no más de 100 casas dónde todos se conocían, y muchos eran familia (tienen de media 6 hijos, aunque las parejas jovenes entre dos y tres), me costó muchos días enterarme de quienes eran “mis primos”, “mis tios” y mis “abuelos”, pero no fue hasta el quinto día que, hablando con la gente, me di cuenta de que no me encontraba en Duchang! sino a más de una hora en coche, en un pueblo abandonado de las manos del Gobierno, y difícil de encontrar en el mapa, Dumucun.

Mis días transcurrían andando por el pueblo para conocer a todas la familias. Puesto que “mi familia” no tenía carne, me dejaba invitar por otras a sus casas para poder alimentarme de algo más que no fuera tofu, vegetales y arroz. Iba a jugar con las adolescentes al lago cercano, Poyang, y después me reunía con sus madres entre las que ninguna tenía más de 30 años. Otros días, cruzaba una parte del lago, para subir una colina donde se encontraban viviendo unas mujeres taoístas en un pequeño templo en mitad de la nada. O me ponía a caminar por la carretera, hasta que al cabo de las horas, mis piernas no podían más y hacía auto stop para que alguien me llevara al pueblo de nuevo.

En una de estas excursiones, al oír chillidos de niños, me adentré en lo que, en un principio parecía un edificio en ruinas, y lo que acabo siendo un colegio donde albergaba a unos 80 alumnos entre 4 y 10 años. Una de las profesoras del pueblo era mi “tía abuela”, así que me dejó entrar en sus clases y ver cómo imparten la disciplina china en un lugar sin ningún tipo de medio, techos semiderruídos, pizarras de los años 30, sin calefacción, por supuesto, y lo que más me entristeció, sin un patio sin peligros donde jugar. Sólo tenían un trozo de tierra, donde había cristales, motos aparcadas, baños iguales a los de cualquier cuadra que se pueda imaginar… aún así, saqué fuerza para llevarme a todo el colegio al patio, y enseñarles aquellos juegos que jugaban mis padres, y los que heredamos, con una simple tiza me puse a dibujar en el suelo casillas con números, líneas donde separábamos nuestro campo del del enemigo, hicimos carreras de sacos…y me día cuenta de que nadie se habiía molestado en enseñarles a jugar!

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Todos los días era una experiencia distinta, me integré a la perfección bailando con la marujas en la plaza del pueblo, llevando alimentos que nunca habían visto a las cenas que me invitaban, enseñando inglés a los niños del pueblo, jugando al baloncesto con los chicos, jugando al aro y a la cuerda con las niñas, cocinando con las madres, jugando al Mahjong con los padres… nunca había visto un pueblo chino tan bien avenido, con tan buen ambiente y tan sonrientes.

Ante esta situación, normalmente el punto de vista de un extranjero cosmopolita como yo, sería: no hay nada que hacer, nieva en invierno, no se pueden ni bañar en el pantano en verano, las distancias a una ciudad cercana son enormes, los medios de transporte escasos, comen verduras y arroz todo el día, ganan 700 RMB al mes, los niños se quedan al cuidado de los abuelos mientras que muchos padres se tienen que ir a otras provincias a ganar 4000 RMB, todo un sueño para ellos… Pero esa experiencia me marcó y ya no pienso igual. Me quedan muchas amistades, una ahijada que conocí en un bus camino a Duchang, recuerdos fantásticos, como el de vivir el famoso Festival de las Linternas, y sobre todo, una tranquilidad interior, ahora sé como viven los ricos Shanghaineses y los agricultores de provincia. Todos juntos forman China.

Tatiana Soler, castellana de nacimiento e internacional de espíritu, ha vivido en varios paìses y desde hace 5 años se encuentra afincada en Shanghái. Es Licenciada en Cine p or la E.C.A.M ( Escuela De Cinematografía y Audiovisuales de Madrid). Ha trabajado para la firma de cosmética española Germaine de Capuccini, para productoras de televisión chinas, como maquilladora free lance y actualmente trabaja para L’oreal China.

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